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  Encuentro
 

Encuentro
 

Por fin después de tanto tiempo la conoceré. Aún recuerdo los días pasados en el chat, esa autopista blanca con vehículos negros que ruedan sin cesar, sin descansar, labios que profieren insultos y alegrías, chismes y el devenir del día a día. Pormenores de la cotidianidad, bromas y, en avalancha, un torrente de risas desbocadas, alocadas y sinceras, pocas desvirtuaban la esencia del mágico momento. De vez en cuando, un intruso trataba de colarse; pero de manera súbita y sin tiempo a buscar el leguleyo que lo redimiera, era enviado al banquillo de los acusados bajo la consabida palabra ¡IGNORADO!

Aún recuerdo los días pasados, en que mi soledad me abrumaba. Ahora lo sigue haciendo, pero de manera inusual. Soledad, ahora te disfruto con especial deleite, con frenesí, con sensualidad en mi cuarto cómplice. Soledad, me nutro de ti así me desgarres en lo más infinito de mi ser, de mis entrañas y sentidos. Ya la ausencia se torna placentera con la proximidad de la noche. Ya no es tal, ya no existe. Estás aquí junto a mí, pero me plazco de ti, te disfruto y consumo.

Todo en mí ha cambiado. Ya no soy la que fui ni quiero serlo. Ya mi angustia tiene nombre y también mis ansiedades.

4 de la tarde e inconclusa estoy. El clóset atestado de ropa alcanzo a ver sin un objetivo que me plazca. Prendas y más prendas ruedan a lo largo del roble. Mis manos se hacen de blusas y sweaters que sufren el mismo destino. El piso podrá aguantarlos, yo no. Lo mismo pantalones y faldas. Qué indecisa e imprecisa me siento. Camino de un lado a otro y mi mente a punto de estallar. Levanto la mirada y pido luz. ¿Es que acaso no vendrá la ¡lucidez!? ¿Qué podrá gustarle a ella? ¿Qué podrá complacerla y verme altiva, sensual y a la vez romántica, sofisticada y joven? No, Miranda, no eres joven. No eres la chiquilla de antes que corría por verdes prados y cemento enlozado de la casa de campo. Estas aquí con tus más de 8 lustros. No te avergüences de tan banal detalle. Sé tú misma y ve al encuentro.

En la silla fue a parar el cómplice vestido; al baño corrí y bajo el agua jugué con inusitada rapidez. Mis manos se deslizaron hasta mi sexo paralelamente en su recuerdo. Justine, pensé, ¿qué me has hecho? Mis dedos acariciaron mi clítoris ya húmedo, mis labios rosados también participaron y embelesada quede allí con su recuerdo, su imagen y su cabello alborotado y ruidoso, y su prenda negra de aquella foto donde por vez primera la vi. Luego de unos segundos, otra víctima NO reprochaba mis excesos. No me contuve, no. ¿Ya para qué? Mis pezones rosados y erguidos como puñales en loco frenesí exhalaban un último suspiro y un gemido salía de mi garganta inexorablemente y con ello su nombre, Justine, Justine, Justine.

Ya en mi cuarto y sin culpa, busque el hilo blanco transparente y me dispuse a vestirme no sin antes colocarme crema de Chanel y el JUST ME, propicia por su nombre.

El vestido blanco hacía juego con mi bronceado y mis pecas sobresalían y resaltaban el color de la prenda. Una abertura de un lado hacía entrever mis piernas y el sostén estaría de más, así que no lo llevaría. Lo más libre posible, como el eslogan de Coco.

Suelto el cabello, argollas plateadas, pulsera y sortijas grandes, y por último mis sandalias, blancas y altas. Todo estaba listo. Serían las 5 y 30 de la tarde cuando la puerta sonó detrás de mí.

Por fin fueron las primeras palabras. “Miranda, qué linda eres”. “Justine, qué bella estás”, le respondí con absoluta solemnidad. Ordenamos un café y un jugo. Nuestros ojos no nos pertenecían. Los míos ya no eran míos y segura estoy que los de ellas tampoco. Las horas pasaban y transcurría el tiempo. De vez en cuando, el mesonero molestoso nos interrumpía. Reíamos extasiadas en nosotras mismas. Al cabo de unas horas, miraba fijamente mis senos. No me molestó en lo absoluto y con premeditada intención los esparcía más. El espectáculo que le ofrecía provocadora hacía que Justine se inclinase más y más hacia mí. Me divertía y debo confesar que mi excitación crecía con el paso de las horas. Si bien el lugar no era para chicas les, eso no nos importó. Decididas, las manos de Justine tomaron las mías sin vacilar. Quizás el vino ayudaba al preludio de amor. Reímos y jugamos con nuestras manos. Por breves segundos, mi mirada contempló sus ojos. La mirada de ella fue recíproca y me devolvió el gesto. Sin pensarlo más, su boca sugerente, de unos labios carnosos y llenos de pasión y deseo, se posó sobre los míos. Incapaz fui de detenerla -¿por qué hacerlo, si deseaba que lo hiciese? Le respondí y mis labios se abrieron recibiendo los suyos con armonioso deleite. Sus manos dibujaban mi figura y no podía disimular mis estremecimientos. Mis manos no le fueron esquivas y tocaron su rostro, sus cejas, sus ojos y sus labios.

Ya inmersas la una en la otra y algo demenciales, decidimos salir del lugar. Vimos fugazmente los ojos y rostros escrutadores y prejuiciados de los presentes. Reímos y, tomadas de la mano, partimos con rumbo CONOCIDO.

En la sala de su casa, me ofreció un vino, el cual acepte gustosa. Quizás para complacerme, puso una samba. Reí de su locura, mas la acepte. Allí quedas, en el sofá florido, nos dispusimos a charlar. Los segundos pasaban y mis mejillas sonrojadas por el calor y otras tantas gotitas de sudor bajaban sin pretexto por mi rostro y brazos. Justine se dispuso a secar las gotitas de sudor con sus manos. Las quitaba como quien recoge puñitos de arena para moldear un castillo de reinas.

Tocaba cada una de mis pecas con habilidad y delicadeza. Posteriormente, sus labios se dispusieron a besar mi espalda. Accedí de inmediato y sin titubeo, trémula nuevamente. Mi mente proyectaba lo que estaba por venir. Eso me excitó aún más y mis feromonas hicieron acto de presencia con acentuada vehemencia. Líquidos bajaban levemente de mi cuerpo y brotaban también al unisonó compas de una melodía interminable y sublime.

Me tomó de las manos y me besó. Le correspondí deseosa y ardiente. Bajó el cierre de mi vestido, el cual fue a parar al piso de cerámica. Quieta e introvertida quizás, mostré inocencia, pero no pasaría el tiempo para cambiar mi estado. Mi cuerpo gritaba por dentro “TÓMAME”, y mis ojos brillantes y grandes le suplicaban amor.

Nos dirigimos a su cuarto tomadas de la mano. Frente a su cama, me observo de pie. Su mirada me contemplaba por segundos y segundos. Sin tocarme, detallaba cada parte de mi cuerpo. Sus labios humedecía son su lengua y sus ojos se deleitaban y yo también. Se inclinó muy levemente mientras acariciaba mi cabello y rostro. Ya en la alfombra, tocó mis senos, luego mis pezones y mi derrier. Sus dedos largos se posaron sobre mi ombligo, el cual beso muy tiernamente. Nuevamente su destreza se adueñó de mi prenda íntima. Deslizaba y miraba, deslizaba y contemplaba, hasta que sufrió el mismo destino del vestido blanco. No obstante, la tomó en sus manos y la llevó a su nariz tratando de absorber mis olores de mujer. La colocó en la mesita de noche y se volvió hacia mí. Sus ojos luminosos veían con insistencia mi vientre. Le causó risa la forma en que llevaba mi pubis, es decir, el mechoncito ínfimo de vellos en forma de triangulito que suelo hacerme. Sus dedos tocaron mi triángulo de vellos, subiendo y bajando con ternura. Para este momento, mis sentidos estaban a punto de estallar. Su boca se acercó a mí con franca determinación y tomo mis labios vaginales con sus labios. Escapó de mi garganta un gemido y un grito de pasión. Luego comprendería que era AMOR. Mis jadeos continuos y repetitivos se hicieron constantes. Me tomó de las caderas y me volteó. Al ver mis glúteos también prominentes propios de las chicas de allá, exclamo sorprendida y excitada, “Qué bello pompis tienes, Miranda”. Procedió a darme unas nalgaditas y besármelo.

Me colocó en la cama boca arriba y yo veía la habitación y el techo blanco abrirse sobre mí como el mismísimo firmamento. Me quitó las sandalias y besó mis pies, cada uno de mis dedos. Yo hipnotizada y congelada de la emoción veía a Justine plácida, complaciente, femenina y tierna. Su feminidad la erigían como el ave fénix. Sus cabellos enredados me fascinaban y armonizaban con la textura de su cuerpo y rostro. Ella tomó la iniciativa y se sacó su ropa con suavidad y sensualidad. Sus dedos y manos magistral y femeninamente armonizaban con la rutina del desnudo ante mí. Me permití recordar la OVERTURE 1812 y ADAGIO de TCHAIKOVSKY y lo sublime que ello implica. Y ciertamente es así, porque sus manos parecían dirigir una obra del maestro. Concienzuda, observaba el espectáculo que me ofrecía. Su cuerpo, de líneas frágiles y ligeras en franca oposición al mío, enmarcaba un contraste digno y armonizado.

Ya desnuda ante mí, se levantó de su posición genuflexa y fue a parar sobre mí, toda ella en su hermosura de mujer madura, mientras yo le abría mis encantos a la vez para que me tomase delicada, dócil, presta, pero también impetuosa, vehemente, ardiente y deseosa.

A la mañana del día siguiente, despertamos. Busqué su rostro de inmediato. Para mi sorpresa, Justine me observaba como quien ve a su esposa amada. Nuevamente nuestras bocas se unieron y nuestros cuerpos también. A los cabellos hirsutos les hicimos caso omiso y reímos y el compás de música de ángeles entonaban nuestros cuerpos. La cadencia de cintura, muslos y piernas acompasaban el ritual mágico e intimo. Estábamos ejecutando un compás y danza sin fin. Luego de unos minutos, su boca seguía en la mía y mis manos en su cuerpo. Sus manos se hacían de mi cintura y vientre y hurgaban delicadamente dentro de mí. Minutos después, se oyó lo inevitable. Nuestros orgasmos aparecían inexorables, acompañados de un gemido, un susurro, un lamento y un silencio sublime, “te amo”.
 
MIRANDA
19 DE AGOSTO DE 2011


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